
Algo se muere en el alma decía la canción, posiblemente no se halla escrito nada más cercano al sentir de la pérdida de un amigo. Y es que los amigos son sin duda un tesoro incalculable del que no tenemos conciencia hasta que lo perdemos.
Hoy no quiero ni opinar ni informar ni criticar a nadie. Hoy el recuerdo que día a día tengo en mi interior se convierte en un evocar continuo pues hace un año que perdí a ese amigo único e incomparable que ya no volverá.
Nos encontramos por casualidad después de que por algún tiempo vagara perdido por el mundo. Yo le ofrecí mi casa, mi hogar y mi cariño, y él me correspondió con su compañía y esa nobleza que solo caracteriza a esa especie que hemos adoptado, los humanos, como mejores amigos. Siempre fue un sufridor pero esto no menguó sus ganas de agradecernos el estar allí. Yo llegue a quererle como a otro hermano y él nos trato como parte de esa manada que se protege y unida recorre los obstáculos de la vida.
No olvidaré nuestros paseos por el campo, en la más absoluta soledad, la más bella de las soledades, esa que dos compañeros comparten sin importar por un momento el resto. Solo espero haber podido contribuir a que en el transcurso de tu viaje por este mundo te sintieras querido y fueras feliz en los momentos que compartimos.
Siempre te tendré en mi memoria y te guardaré en un lugar especial donde cada vez que oiga a Charlie Haden interpretar su famosa melodía una sonrisa y una lágrima me recordaran el amigo que se fue y con el que “en la orilla del mundo” tanto compartí.
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